Lapitia tomó una decisión. Rosagrís ya tenía seis años y todavía no sabía leer y escribir. Por eso, la bruja le dijo:
- Debes ir a la escuela.
Rosagrís no sabía qué era una escuela así que le contestó:
- No quiero ir a ese sitio.
La bruja le preguntó:
- ¿Por qué?
Y la niña de ojos grises le contestó:
- Porque yo sólo conozco un sitio y estoy muy bien en él. Me encuentro bien aquí, en casa.
Lapitia pensó que, tal vez, la pequeña tenía razón, pero la tranquilizó con estas palabras:
- Puede que ahora pienses que el único lugar bonito y tranquilo sea esta casa, pero te diré que en la escuela encontrarás algo que no has encontrado aquí.
- ¿Qué encontraré?- Le preguntó la niña con los ojos muy abiertos.
- Encontrarás un objeto muy valioso.
- ¿Qué objeto?
- Un libro.
- ¿Y qué es eso?
- Es otro tipo de casa.
lunes, 21 de febrero de 2011
jueves, 3 de febrero de 2011
La maldición
La niñez de la brujita Lapitia se desvaneció muy pronto. Era una niña sin padres, vivía en las entrañas de un bosque espeso, se alimentaba de los frutos de los árboles y de las flores rojas que crecían en los prados. Como estaba sola, la naturaleza quiso que la pequeña perdiese su niñez muy pronto y así, la bruja, se convirtió pronto en una mujer adulta. Cuando cumplió veintinco años decidió construirse una casa de madera. Ese mismo año fue el primero que Lapitia pisó el pueblo y vio a los demás seres humanos. Estos la vieron a ella y se asustaron. El miedo era lógico: habían visto a una mujer hermosa cubierta de harapos, con el pelo revuelto y los pies descalzos.
Aquel día una mujer ancianda, encorvada, le acercó su bastón a la altura de su pecho, se lo dio, y le djio:
- Tú te llamas Lapitia y estás maldita. Tu maldición es que jamás podrás tocar a ningún ser humano. Has sentido el calor de los árboles y de las flores, has construido un hogar cálido, pero jamás podrás sentir el calor de un ser humano.
Lapitia conocía a esa anciana encorvada y también conocía el bastón que le había dado. Sin embargo, desconocía aquellas palabras y sintió que aquella maldición era cierta.
Aquel día una mujer ancianda, encorvada, le acercó su bastón a la altura de su pecho, se lo dio, y le djio:
- Tú te llamas Lapitia y estás maldita. Tu maldición es que jamás podrás tocar a ningún ser humano. Has sentido el calor de los árboles y de las flores, has construido un hogar cálido, pero jamás podrás sentir el calor de un ser humano.
Lapitia conocía a esa anciana encorvada y también conocía el bastón que le había dado. Sin embargo, desconocía aquellas palabras y sintió que aquella maldición era cierta.
lunes, 10 de enero de 2011
La flor roja
Lapitia había nacido en el seno de una flor roja. Un día de primavera los pétalos de aquella flor se abrieron y una niña de ojos verdes abrió los brazos al mundo. Se irguió pronto en el interior de la flor y se deslizó con sus pequeñas piernas por el tallo. Pronto aquella niña de pelo rojizo depositó sus piececitos sobre la tierra húmeda a causa del rocío. Recién nacida, caminó a lo largo del bosque en el que había visto la luz por primera vez. Fue entonces cuando la flor, vacía, sin ningún cuerpo ya en su interior, se marchitó, sus pétalos se cayeron muy despacio y Lapitia, la niña rojiza, se volvió hacia el ser que le había dado la vida, tomó uno de los pétalos caídos y lo masticó. Porque aquel bebé ya tenía dientes. Aquel bebé que ya sabía andar era una bruja.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Pérdidu y la muchacha
Pérdidu abandonó la morada de Lapitia con un frasco de té guardado en su bolso. Para él aquel objeto de cristal, pequeño y liviano, lo significaba todo. El té mágico de la bruja suponía un cambio en su vida. Por ese motivo, mientras se alejaba del bosque y se acercaba a los aledaños del pueblo, se sentía cada vez más tranquilo.
Las últimas semanas había sido duras y complicadas para el joven cazador. En algún momento había creído que se moriría de angustia o de miedo. Aquel temor a la muerte lo había llevado a acudir a Lapitia. La bruja era una amiga entrañable para él, a pesar de que jamás se le había acercado más allá de un palmo. Lapitia siempre tenía el remedio adecuado a todos sus problemas y por ese motivo, cuando Pérdidu se emamoró, acudió a la adivina mágica para que lo ayudase.
Todavía recordaba con precisión el día en el que habían comenzado sus ansias de morirse. Era el día de su décimoquinto cumpleaños. El día anterior su padre y otros hombres del pueblo lo habían ascendido dentro del gremio de cazadores al grado de maestro de aprendices. Ahora ya era un hombre y podía servir de ejemplo a los chiquillos que deseasen aprender el oficio de "buscador de comida", como era llamada aquella profesión en el pueblo.
Pérdidu decidió celebrar su cumpleaños y su ascenso con una fiesta. La celebró en la única taberna de Monaga. Allí reunió a su padre, a sus hermanos, a sus amigos y a sus compañeros del gremio de cazadores. Todos brindaron con enormes jarras de licor de fresa. Los adultos rellenaron las jarras de licor de fresa con unas gotitas de vino rosado. Los más pequeños mojaron galletas de trigo en el licor y comieron piedras de azúcar.
El joven cazador se sentía eufórico y se reía ante las ocurrencias de su mejor amigo, Rémigo, que estaba sentado a su lado. Pero, de pronto, la euforia de Pérdidu desapareció, las palabras de su amigo dejaron de sonar en sus oídos, y, por un instante, todo lo que lo rodeaba dejó de existir. En el umbral de la puerta por la que se accedía a la taberna apareció la más bella imagen que jamás había visto en su corta existencia. Era la imagen de una muchacha. Era la imagen que causaría su muerte en vida. Era la imagen que lo llevaría a desear vivir y morir en el mismo instante. Tan solo era la imagen de la más linda criatura del mundo.
jueves, 2 de diciembre de 2010
El nombre
- Mi niña querida,- dijo Lapitia en un susurro- tu nombre será especial. Sólo tú te llamarás así en el mundo. Te llamarás Rosagrís. Te encontré mientras buscaba mis pétalos de rosa y tienes el pelo tan gris como mis ropas. Te aseguro que este nombre será tan especial en tu vida que te protegerá para siempre.
Todas estas palabras las pronunció mientras arropaba a la niña para que durmiese de nuevo. El joven Pérdidu ya se había marchado y las dos estaban solas, rodeadas por la oscuridad de la noche.
Pérdidu era un muchacho impetuoso y casi la había descubierto. Había sido difícil para Lapitia ocultar a la pequeña. Era una suerte que la niña no llorase. A veces gruñía o se quejaba levemente cuando tenía hambre, pero no hacía demasido ruido.Seguro que Pérdidu había confundido los pequeños quejidos de Rosagrís con los maullidos del gato. Era una suerte que la pequeña Rosa fuese tan silenciosa. Por eso Lapitia, que todavía no la había tocado, se permitió darle un beso en la frente a la pequeña. Después calentó un tarro de leche sobre el fuego. Muy pronto la niña dejaría de dormir y pediría su cena.
Todas estas palabras las pronunció mientras arropaba a la niña para que durmiese de nuevo. El joven Pérdidu ya se había marchado y las dos estaban solas, rodeadas por la oscuridad de la noche.
Pérdidu era un muchacho impetuoso y casi la había descubierto. Había sido difícil para Lapitia ocultar a la pequeña. Era una suerte que la niña no llorase. A veces gruñía o se quejaba levemente cuando tenía hambre, pero no hacía demasido ruido.Seguro que Pérdidu había confundido los pequeños quejidos de Rosagrís con los maullidos del gato. Era una suerte que la pequeña Rosa fuese tan silenciosa. Por eso Lapitia, que todavía no la había tocado, se permitió darle un beso en la frente a la pequeña. Después calentó un tarro de leche sobre el fuego. Muy pronto la niña dejaría de dormir y pediría su cena.
domingo, 28 de noviembre de 2010
La niña
La noche en la que Lapitia había encontrado al bebé había estado plagada de signos nuevos para la bruja: la luna había desaparecido, el viento se movía muy rápido pero no agitaba las copas de los árboles, la tierra estaba húmeda y los conejos se habían cobijado en sus madrigueras.
Cuando Lapitia había llegado a su casa se había sentido terriblemente cansada. Además el frío que se había depositado en su interior no había desaparecido del todo.
Ahora, la niña permanecía en silencio. No estaba dormida. Se limitaba a mover las manos y a mantener sus enormes ojos grises abiertos. La criatura miraba una y otra vez el mismo objeto: el bastón de la bruja. Esto extrañaba a Lapitia porque su bastón no estaba hecho de ningún material brillante, que pudiese llamar la atención de un bebé. Su cayado era de madera de roble y tenía una pequeña empuñadura de mármol en la que estaba tallada una minúscula rosa. Sin embargo, aunque el objeto era sencillo, por una extraña razón, llamaba la atención de la pequeña.
Aquella noche, cuando la bruja había llegado a su casa se había percatado de que en su morada no había ninguna cuna, ni siquiera había un mísero camastro en el que poder acostar a la niña. Lapitia no tenía una cama propia porque casi nunca dormía y, cuando lo hacía, se limitaba a situar dos almohadones sobre el suelo y a tumbarse sobre ellos con cuidado.
Por eso ahora Lapitia tejía una manta para sustituir a la mugrienta tela que envolvía todavía el cuerpo del bebé. Mientras tanto, la pequeña resposaba sobre uno de los almohadones mientras miraba con asombro el bastón de roble.
Más tarde, cuando por fin la niña se durmió, Lapitia terminó de tejer la manta, la colocó sobre la pequeña, quemó la vieja tela en la chimenea que calentaba la casa, tomó su bastón, reposó su barbilla sobre la empuñadura y pensó: "Esta niña ya tiene una manta. Ahora necesita un nombre."
Cuando Lapitia había llegado a su casa se había sentido terriblemente cansada. Además el frío que se había depositado en su interior no había desaparecido del todo.
Ahora, la niña permanecía en silencio. No estaba dormida. Se limitaba a mover las manos y a mantener sus enormes ojos grises abiertos. La criatura miraba una y otra vez el mismo objeto: el bastón de la bruja. Esto extrañaba a Lapitia porque su bastón no estaba hecho de ningún material brillante, que pudiese llamar la atención de un bebé. Su cayado era de madera de roble y tenía una pequeña empuñadura de mármol en la que estaba tallada una minúscula rosa. Sin embargo, aunque el objeto era sencillo, por una extraña razón, llamaba la atención de la pequeña.
Aquella noche, cuando la bruja había llegado a su casa se había percatado de que en su morada no había ninguna cuna, ni siquiera había un mísero camastro en el que poder acostar a la niña. Lapitia no tenía una cama propia porque casi nunca dormía y, cuando lo hacía, se limitaba a situar dos almohadones sobre el suelo y a tumbarse sobre ellos con cuidado.
Por eso ahora Lapitia tejía una manta para sustituir a la mugrienta tela que envolvía todavía el cuerpo del bebé. Mientras tanto, la pequeña resposaba sobre uno de los almohadones mientras miraba con asombro el bastón de roble.
Más tarde, cuando por fin la niña se durmió, Lapitia terminó de tejer la manta, la colocó sobre la pequeña, quemó la vieja tela en la chimenea que calentaba la casa, tomó su bastón, reposó su barbilla sobre la empuñadura y pensó: "Esta niña ya tiene una manta. Ahora necesita un nombre."
jueves, 2 de septiembre de 2010
Pérdidu
- Lapitia, necesito que me ayudes.- le respondió el joven cazador a la bruja.
- Hoy no puedo. Estoy más ocupada que nunca.
- ¿Por qué?
- No te lo puedo contar. Recoge tu bolsa y vete.
- Por favor, Lapitia, estoy desesperado. Ella vuelve a huir de mí. No quiere verme.
La bruja nunca había visto a Pérdidu tan nervioso. Realmente necesitaba su ayuda una vez más.
- Está bien ¿qué quieres? ¿lo de siempre?
- Sí, por favor. Sólo necesito un poco. Lo suficiente para que ella no huya de mí y me escuche una vez. Sólo te pido que me escuche. Ni siquiera te pido un abrazo, o un beso. Necesito hablarle, explicarle...
- Para ya- lo interrumpió Lapitia.- Basta de quejarte como un niño. Ya tienes quince años.
- De acuerdo, buena bruja. Me callo.
En ese momento Pérdidu oyó maullar al gato en el interior de la vivienda, pero aquél no era un maullido normal. Aquel sonido se parecía más al llanto de un bebé.
- ¿Qué le pasa hoy a tu gato? ¿Parece que maúlla de una forma extraña?
La bruja volvió a regañarle, nerviosa.
- ¡Te he dicho que te calles! Espera aquí afuera y te traeré el té que necesitas.
Pérdidu se sentó de nuevo sobre una de las piedras que rodeaban la casa y observó cómo Lapitia entraba en ella y cerraba la puerta con cuidado. El cazador seguía preguntándose, como todos los días, por qué aquella mujer tan guapa y tan elegante seguía viviendo en la profundidad del bosque, alejada de los demás seres humanos.
- Hoy no puedo. Estoy más ocupada que nunca.
- ¿Por qué?
- No te lo puedo contar. Recoge tu bolsa y vete.
- Por favor, Lapitia, estoy desesperado. Ella vuelve a huir de mí. No quiere verme.
La bruja nunca había visto a Pérdidu tan nervioso. Realmente necesitaba su ayuda una vez más.
- Está bien ¿qué quieres? ¿lo de siempre?
- Sí, por favor. Sólo necesito un poco. Lo suficiente para que ella no huya de mí y me escuche una vez. Sólo te pido que me escuche. Ni siquiera te pido un abrazo, o un beso. Necesito hablarle, explicarle...
- Para ya- lo interrumpió Lapitia.- Basta de quejarte como un niño. Ya tienes quince años.
- De acuerdo, buena bruja. Me callo.
En ese momento Pérdidu oyó maullar al gato en el interior de la vivienda, pero aquél no era un maullido normal. Aquel sonido se parecía más al llanto de un bebé.
- ¿Qué le pasa hoy a tu gato? ¿Parece que maúlla de una forma extraña?
La bruja volvió a regañarle, nerviosa.
- ¡Te he dicho que te calles! Espera aquí afuera y te traeré el té que necesitas.
Pérdidu se sentó de nuevo sobre una de las piedras que rodeaban la casa y observó cómo Lapitia entraba en ella y cerraba la puerta con cuidado. El cazador seguía preguntándose, como todos los días, por qué aquella mujer tan guapa y tan elegante seguía viviendo en la profundidad del bosque, alejada de los demás seres humanos.
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