El día en el que Mary Anne conoció al Señor Roberts era un día distinto. Las montañas del pueblo estaban nevadas y eso sólo había ocurrido dos veces en cien años. Eso decían los viejos...
Para Mary Anne la nieve era como una amiga lejana y antigua. La conocía desde hacía tiempo aunque jamás la hubiese visto. Por eso, para ella aquel día nevado resultó ser un día cálido y cercano. Para aquella niña de cabellos grises la nieve no era fría sino templada. La nieve la aliviaba, la tranquilizaba y le hacía soñar con nuevos mundos.
Por ese motivo, ese día se dirigió hacia el colegio con una sonrisa espontánea en su rostro. Cada cierto tiempo se detenía en el medio del camino para elevar su cabecita y contemplar los copos que caían despacio desde el inmenso cielo. Se quedaba atónita mirando ese baile blanco y le encantaba sentir la suavidad de los copos sobre su cara.
Por esa razón, cuando el señor Roberts la llamó por su verdadero nombre ¡Rosagrís!, Mary Anne no lo oyó. Estaba tan concentrada en su amiga la nieve que el pobre señor Roberts tuvo que correr hacia la niña para que esta le prestase atención:
- ¡Rosagrís! No corras tanto pequeña...
Ella bajó su cabeza, se pasó el dorso de la mano por la cara mojada y contempló al barbudo anciano que respiraba con dificultad y se masajeaba las piernas después de una carrera impropia de su edad. La niña respondió:
- Yo a usted le conozco. Es el viejo señor Roberts.
- No tan viejo, niña. No tan viejo.- Eso fue lo que el hombre fue capaz de contestar.
Tras unos minutos de silencio y observación mutua el anciano preguntó:
- ¿A ti te importa mucho faltar hoy a la escuela?
Mary Anne alzó los hombros en señal de duda.
- Es que tengo una historia importante que contarte, niña.
- A mí me gustan las historias. ¿Es de una novela?
- No, niña, no. Es una historia de las de verdad. Del pasado.
- Me gustan las historias de verdad. Pero debo pedirle permiso a Lapitia para faltar a la escuela. Ella se enfadaría mucho si descubre que no he ido.
- Está bien, niña, está bien. No quiero que esa bruja se enfade. Te acompañaré a tu casa y le pediremos permiso.
El señor Roberts no quería enfrentarse a Lapitia. Sabía que ella tenía un carácter fuerte. Lo sabía muy bien, pues la conocía desde hacía tiempo, tal vez desde hacía demasiado tiempo...
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lunes, 23 de julio de 2012
El encuentro
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domingo, 28 de noviembre de 2010
La niña
La noche en la que Lapitia había encontrado al bebé había estado plagada de signos nuevos para la bruja: la luna había desaparecido, el viento se movía muy rápido pero no agitaba las copas de los árboles, la tierra estaba húmeda y los conejos se habían cobijado en sus madrigueras.
Cuando Lapitia había llegado a su casa se había sentido terriblemente cansada. Además el frío que se había depositado en su interior no había desaparecido del todo.
Ahora, la niña permanecía en silencio. No estaba dormida. Se limitaba a mover las manos y a mantener sus enormes ojos grises abiertos. La criatura miraba una y otra vez el mismo objeto: el bastón de la bruja. Esto extrañaba a Lapitia porque su bastón no estaba hecho de ningún material brillante, que pudiese llamar la atención de un bebé. Su cayado era de madera de roble y tenía una pequeña empuñadura de mármol en la que estaba tallada una minúscula rosa. Sin embargo, aunque el objeto era sencillo, por una extraña razón, llamaba la atención de la pequeña.
Aquella noche, cuando la bruja había llegado a su casa se había percatado de que en su morada no había ninguna cuna, ni siquiera había un mísero camastro en el que poder acostar a la niña. Lapitia no tenía una cama propia porque casi nunca dormía y, cuando lo hacía, se limitaba a situar dos almohadones sobre el suelo y a tumbarse sobre ellos con cuidado.
Por eso ahora Lapitia tejía una manta para sustituir a la mugrienta tela que envolvía todavía el cuerpo del bebé. Mientras tanto, la pequeña resposaba sobre uno de los almohadones mientras miraba con asombro el bastón de roble.
Más tarde, cuando por fin la niña se durmió, Lapitia terminó de tejer la manta, la colocó sobre la pequeña, quemó la vieja tela en la chimenea que calentaba la casa, tomó su bastón, reposó su barbilla sobre la empuñadura y pensó: "Esta niña ya tiene una manta. Ahora necesita un nombre."
Cuando Lapitia había llegado a su casa se había sentido terriblemente cansada. Además el frío que se había depositado en su interior no había desaparecido del todo.
Ahora, la niña permanecía en silencio. No estaba dormida. Se limitaba a mover las manos y a mantener sus enormes ojos grises abiertos. La criatura miraba una y otra vez el mismo objeto: el bastón de la bruja. Esto extrañaba a Lapitia porque su bastón no estaba hecho de ningún material brillante, que pudiese llamar la atención de un bebé. Su cayado era de madera de roble y tenía una pequeña empuñadura de mármol en la que estaba tallada una minúscula rosa. Sin embargo, aunque el objeto era sencillo, por una extraña razón, llamaba la atención de la pequeña.
Aquella noche, cuando la bruja había llegado a su casa se había percatado de que en su morada no había ninguna cuna, ni siquiera había un mísero camastro en el que poder acostar a la niña. Lapitia no tenía una cama propia porque casi nunca dormía y, cuando lo hacía, se limitaba a situar dos almohadones sobre el suelo y a tumbarse sobre ellos con cuidado.
Por eso ahora Lapitia tejía una manta para sustituir a la mugrienta tela que envolvía todavía el cuerpo del bebé. Mientras tanto, la pequeña resposaba sobre uno de los almohadones mientras miraba con asombro el bastón de roble.
Más tarde, cuando por fin la niña se durmió, Lapitia terminó de tejer la manta, la colocó sobre la pequeña, quemó la vieja tela en la chimenea que calentaba la casa, tomó su bastón, reposó su barbilla sobre la empuñadura y pensó: "Esta niña ya tiene una manta. Ahora necesita un nombre."
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